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25 de junio de 2010

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25 de junio de 2010

Intentaba concentrarme y salir mentalmente de allí, pese al sudor frío y a las lágrimas que resbalaban hasta empapar mi pelo.

Pasaban a mi lado y preguntaban con gesto de interés bien ensayado. A veces lograba esbozar una sonrisa y siempre un gracias. Su atención tenía efectos analgésicos.

Me creía valiente y frágil a la vez.

Tres horas después aparece con un uniforme azul metálico y unas salpicaduras de sangre en su costado izquierdo, exactamente sobre las letras en que podía leerse: Quirófano. Era joven y confié erróneamente en su sensibilidad.

Se dirigió a mí con despreocupación y obviando mi situación. Sus palabras y gestos debieron de resultarme tan aterradores que lancé a través de mis pupilas el grito de súplica más agudo y potente que he podido transmitir.

No valió de nada.

Comenzó la tortura.

Siete enfermeras de blanco impoluto sujetaban mis extremidades, algunas por duplicado.

Tomó mi maltrecho brazo y comenzó a retorcerlo, pese a la inflamación, el espasmo muscular y mis alaridos.

Aceleré la respiración hasta sentir que flotaba. Las voces se ahuecaban. Debaja de escuchar.as y de golpe volvían.

Agitaba mis piernas intentando librarme de las cuatro manos que las sujetaban. Apresaba en mi mano derecha la de una enfermera que trataba de aplacar el dolor vanamente.

Mi cuerpo se retuerce y mis miembros convulsionan.

No cesa. Inmutable sigue intentando colocar el cúbito en su sitio, sin analgesia ni resquicio de amabilidad. Algunas auxiliares deciden suavizar la presión. Otras se marchan del box. No logran retenerme.

En un grito, al cerrar los labios, mis dientes encuentran la carne desnuda del brazo derecho del médio y no desaprovecho la oportunidad de darle un mordisco. Me separan de él.

A la orden de un gesto rápido me inyectan doble dosis de cloruro mórfico. No me hace efecto, salvo porque dejo de entender lo que oigo. El forcejeo contra mi brazo continúa.

Llevamos una hora.

Por fin deciden que necesito descansar.

Algo blanco entra por mis venas y nubla la vista.

Cuando despierto estás allí, pensativo, acariciando la escayola que protege mi brazo.

¿Quién enyesará la herida en la memoria?

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