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La panadera

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La panadera

Finalmente era un día gris. Sí.

Como algodones descuidadamente desgajados, las nubes se alargaban en un cielo que aún apenas brillaba. Pero sí, finalmente, se ha cubierto de un gris blanquecino.

De vez en cuando levantaba la mirada y tras los cristales veía cómo se encapotaba la luz que desfilaba entre los tejados rojos.

Se afanaba en harinar bien la masa que moldeaba entre sus dedos, largos y blanqueados. El horno estaba casi listo y aún debía dar forma a los bollos, colocarlos en la bandeja y huntarlos con clara de huevo por encima, para que brillaran. A los niños les gustan que los bollitos brillen. Siempre los vende mejor cuando relucen sobre el mostrador.

Las tardes en que la luz del ocaso se cuela por el ventanuco desde donde hoy mira, se puede ver harina maquillando aire de blanco. Siempre lleva harina en su delantal, en su escote, la punta de la nariz, y probablemente,en el pelo que se desliza bajo su cofia, también blanca.

Pero hoy la luz es gris y la trastienda parece algo triste.

Aún así, sus mejillas siempre están rosadas.

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